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miércoles, 27 de marzo de 2024

Un SSD para Stef (Parte 1: nunca fuerza bruta)



Llegó el día. Detalle de color: como me sentía con ganas de caminar, hice a pie el viaje a la tienda (unos 3 kilómetros). Regresé con los dos discos SSD, y comenzamos a trabajar sobre la computadora de Stef.

El Adata SU630 de 240 GB viene en un simple blister. Sólido y prolijo, pero lejos del embalaje que se espera en un disco SSD. En realidad, es el mismo tipo de embalaje de los pendrives: una cápsula de plástico transparente firmemente empotrada en un trozo de cartón duro como madera y que apenas da pistas (inútiles) de por dónde abrirlo.

Es una ventaja: el producto se mantiene seguro y, con una tijera y cierto cuidado, pronto teníamos el disco en las manos.

Por cierto, además de ser muy liviano, hay que tener en cuenta que este disco no trae los correspondientes cables SATA de alimentación ni datos.

No fue problema ya que las computadoras de NLand tienen cables de sobra, producto de discos que ya no están. Si van a armar un equipo nuevo, el faltante queda generalmente solucionado con los cables que trae la motherboard. Pero, si es un disco adicional, deberán comprar también esos cables.

El segundo paso fue instalarlo físicamente. Acostumbro atornillarlo a cualquier par de orificios libres que tenga el gabinete. A diferencia de los discos duros magnéticos de 3.5 pulgadas y de las unidades ópticas, nunca encuentro espacios con un ancho estándar para los SSD de 2.5 pulgadas.

Dejé que lo hiciera Stef, pero en medio de la tarea se me ocurrió verificar algo:

Los tornillos no son todos iguales. Y si se utiliza el tornillo equivocado se dañará algo con seguridad. Un tornillo demasiado largo aunque sea por pocos milímetros puede perforar un componente. Uno apenas más grueso de lo indicado puede fracturarlo.

La mejor defensa es recordar que el hardware no requiere nunca fuerza bruta. Si hay que aplicarla, algo va mal.

Era la primera vez que Stef instalaba un disco y los tornillos que encontré en un disco rígido de 3.5" archivado, no servían. Noté que a poco de atornillar, Stef dudaba. Afortunadamente.

Eran más gruesos de lo correcto y, de insistir, habría dañado el disco.

Con el disco en su lugar, había que abrir una ventana.




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