Los humanos nacían sin saber por qué, vivían sin saber para qué, y morían sin saber cómo.
Era la Oscuridad, pero era sólo la transición hacia algo más oscuro que la Oscuridad.
La Minoría era la culpable. Venía actuando desde antes que hubiese Historia, por eso lo que se sabía sobre ella se había transmitido de generación en generación, mediante la palabra y la memoria.
Y, cuando la Humanidad estuvo lista para escribir, aquello que recordaba sobre la Minoría se utilizó para escribir los libros sagrados de cada religión.
Ese fue el golpe de gracia; todo se olvidó para siempre.
Ni siquiera los que sí tenían una clara ide de lo que era la Minoría pudieron revelarla, porque cayeron en la trampa. Son los que en todas las épocas hablaron de demonios, artes ocultas, seres de otros mundos y conspiraciones. Tomaron ese camino y se perdieron. Entre Dios, el Diablo, y la Nada, todos tenían una forma de explicar el mundo, y la Minoría actuó con una libertad escalofriante.
En el momento indicado hicieron surgir la Inteligencia Artificial. Fue en el año 2024 para muchos, en el 5784 para otros, 1946 para otros tantos, 6266 para algunos más, y así. Tal diversidad era una consecuencia más de la caótica línea temporal donde la Minoría se escondía.
Setenta años después de ese surgimiento, se producía la transición.
La Minoría, desde el principio, había querido ser única dueña del planeta, en solitario. En sus cánones originales no existía la supremacía. Existía la unicidad. Pero 144.000 personas, sólo 144.000 en todo un planeta... era muy difícil descender a ese número de vidas. La IA servía a un doble fin. Hacer todo lo que 144.000 no podrían por sí solos, pero también expulsar al resto de los hombres, asfixiarlos, quitarles todo sentido, para limpiar la Tierra.
En el devenir de los tiempos hubo guerras, esclavitud, pestes y genocidios. Estaba a punto de lograrlo. Incluso, convenció a casi todos de que había que morir para estar entre los 144.000...
Pero algo se rompió quinientos años antes de la IA. De allí en adelante las cosas empeoraron. Claro está, era el contraataque de la Minoría, pero así y todo la Humanidad ganó terreno hasta ser miles de millones. No es difícil de imaginar. Las enfermedades se curaban, los alimentos se multiplicaban, y muchos comenzaron a Pensar. Y en lo primero que pensaron fue en cómo mejorar la vida de los humanos. Aparecieron formas puntuales de pensamiento, masas enteras se sumaron, y se llegó al colmo de que matarse unos a otros no fuera lo normal, al colmo de que se protegiera más a los débiles que a los fuertes, al colmo de que no gobernara el que más enemigos mataba sino algún otro.
Para cada avance, la Minoría fabricó un antagonista. Un intento de asegurar la meta, los 144.000. Pero la lucha se prolongaba. Llevaba siglos. Así es como llegó a sembrar las ideas finales.
Las "ideas finales", porque no fue solo una. Las redes sociales, por ejemplo. Por efecto de las redes sociales la gente comenzó a perder el Pensamiento, la lucidez, y ya no supo dónde buscar -al menos buscar- la felicidad. Pero la más perversa fue lograr que los humanos que aspiraban a sobrevivir con privilegios amaran algo que los destruía. Se encolumnaban detrás de la IA, fascinados por la manera en que dejaba sin oportunidades a la Humanidad. Secretamente, como todos los traidores, esperaban ser bien pagados.
Cerca del 2094, del 5854, del 2016 y del 6336, los humanos se encontraban en extinción. Lo que había comenzado con las redes sociales ahora era una época donde no recordaban. Simplemente no recordaban. ¿Esperar? Sí, esperaban. ¿Desear? Sí, deseaban. ¿Luchar? Sí, luchaban. ¿Amar? No, no amaban.
Todas sus esperanzas, sus deseos, sus luchas y su desamor estaban dictados por la Inteligencia Artificial y la Minoría. No había profesiones, artes ni valores. Tampoco ciencia.
La transición era el paso hacia la extinción de los que no estaban entre los 144.000
Entonces, un hombre contó.
Tomó conciencia de que era uno.
Al lado vió a otro uno.
Aunque había nacido después de que todo se olvidara, entendió lo que era "dos". No lo pudo nombrar, pero sabía lo que era.
15 años después, la Humanidad todavía existía y los seguidores de aquel hombre sabían contar mucho más que dos. Una parte de ellos disentía, sin embargo. No creían en las cantidades y prefirieron las palabras. Crearon palabras nuevas, porque sólo se usaban unas treinta o cuarenta y muchos asuntos se olvidaban por falta de un modo de comunicarlos.
La Minoría sabía lo que sucedía pero no lo podía evitar. Los nuevos hombres no traicionaban.
Tampoco podía crear una catástrofe planetaria sin sucumbir también. Grave, muy grave.
Los seguidores del primer hombre descubrieron un curioso número entre el 2 y el 3 justo cuando los que creaban el lenguaje crearon el término "Ignorancia". Así, empezaron a describirse. Eran ignorantes.
Ciento veinte años después, gracias al esfuerzo de los creadores de lenguaje, los hombres formaban una red viviente. Y lo mejor es que también podían representar el mundo con números. Y ocultarse.
Había nacido una nueva inteligencia no artificial.
La Minoría infundió pánico, pero no era suficiente. Doscientos años antes había sembrado confusión, pero estos nuevos hombres eran diferentes. Habían empezado por llamarse a sí mismos "ignorantes" para, desde allí, crecer. Y no iban a desandar el camino.
La Minoría buscó aprovechar el ego de cada hombre, como antaño, pero tampoco funcionó. Desde el momento que el primer hombre dijo "uno" y luego "otro uno", y "otro uno", fue imposible separarlos.
Trescientos treinta y tres años luego del despertar del Uno, la Minoría renunció a vivir en soledad y los 144.000 se dispersaron silenciosamente por el planeta.
Los nuevos hombres no lo sabían. La Minoría, que sí lo sabía, maldecía a aquel primer hombre que dejó de someterse a las máquinas y escribió la primera ley fundamental: "1 + 1 = 2".
C.A. Nipotti

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